PRODUCCIÓN LITERARIA DE ESCRITORES DE LA GENERACIÓN DEL 30 - REALISMO SOCIAL
- Enrique Gil Gilbert
Nació el1912, y falleció el 1973
Es de nacionalidad ecuatoriana (Guayaquil)
EL MALO
Duérmase niñito,
duérmase por Dios;
duérmase niñito
que allí viene el cuco,
¡ahahá! ¡ahahá!
Y Leopoldo elevaba su destemplada voz meciéndose a todo vuelo en la hamaca, tratando de arrullar a su
hermanito menor.
—¡Er moro!
Así lo llamaban porque hasta muy crecido había estado sin recibir las aguas bautismales.
—¡Er moro! ¡Jesú, qué malo ha de ser!
—¿Y nuá venío tuabía la mala pájara a gritajle?
—Iz que cuando uno es moro la mala pájara pare...
—No: le saca los ojitos ar moro.
San José y la virgen
fueron a Belén
a adorar al niño
y a Jesús también.
María lavaba,
San José tendía
los ricos pañales
que el niño tenía,
¡ahahá! ¡ahahá!
Y seguía meciendo. El cuerpo medio torcido, más elevada una pierna que otra, sólo la más prolongada
servía de palanca mecedora. En los labios un pedazo de res: el “rompe camisa”.
Más sucio y andrajoso que un mendigo, hacía exclamar a su madre:
—¡Si ya nuai vida con este demonio! ¡Vea: si nuace un ratito que lo hei bestío y ya anda como de un mes!
Pero él era impasible. Travieso y malcriado por instinto. Vivo; tal vez demasiado vivo.
Sus pillerías eran porque sí. Porque se le antojaba hacerlo.
Ahora su papá y su mamá se habían ido al desmonte. Tenía que cocinar. Cuidar a su hermanito. Hacerlo
dormir, y cuando ya esté dormido, ir llevando la comida a sus taitas. Y lo más probable era que recibiera
su cueriza.
Sabía sin duda lo que le esperaba. Pero aunque ya el sol “estaba bastante paradito”, no se preocupaba
de poner las ollas en el fogón. Tenía su cueriza segura. Pero ¡bah!
¿Qué era jugar un ratito?... Si le pagaban le dolería un ratito y... ¡nada más! Con sobarse contra el suelo,
sobre la yerba de la virgen...
Y viendo que el pequeño no se dormía se agachó; se agachó hasta casi tocarle la nariz contra la de él.
- José de la Cuadra
Olor de Cacao
El hombre hizo un gesto de asco. Después arrojó la buchada, sin reparar
que añadía nuevas manchas al sucio mantel de la mesilla. La muchacha
se acercó, solícita, con el limpión en la mano.
—¿Taba caliente?
Se revolvió el hombre fastidiado.
—El que está caliente soy yo, ¡ajo! —replicó.
De seguida soltó a media voz una colección de palabrotas brutales.
Concluyó:
—¿Y a esta porquería la llaman cacao? ¿A esta cosa intomable?
Mirábalo la sirvienta, azorada y silenciosa. Desde adentro, de pie tras el
mostrador, la patrona espectaba. Continuó el hombre:
—¡Y pensar que ésta es la tierra del cacao! A tres horas de aquí ya hay
huertas...
Expresó esto en un tono suave, nostálgico, casi dulce...
Y se quedó contemplando a la muchacha. Después, bruscamente, se
dirigió a ella:
—Yo no vivo en Guayaquil, ¿sabe? Yo vivo allá, allá... en las huertas.
Agregó, absurdamente confidencial:
—He venido porque tengo un hijo enfermo, ¿sabe?, mordido de culebra...
Lo dejé esta tarde en el hospital de niños... Se morirá, sin duda... Es la
mala pata...
La muchacha estaba ahora más cerca. Calladita, calladita. Jugando con
los vuelos del delantar. Quería decir:
—Yo soy de allá, tambén; de allá... de las huertas...
Habría sonreído al decir esto. Pero no lo decía. Lo pensaba, sí,
vagamente. Y atormentaba los flequillos de randa con los dedos nerviosos.
Gritó la patrona:
—¡María! ¡Atienda al señor del reservado! Era mentira. Sólo una señal
convenida de apresurarse era. Porque ni había señor, ni había reservado.
No había sino estas cuatro mesitas entre estas cuatro paredes, bajo la luz
angustiosa de la lámpara de querosén. Y, al fondo, el mostrador, debajo
del cual las dos mujeres dormían apelotonadas, abrigándose la una con el
cuerpo de la otra. Nada más. Se levantó el hombre para marcharse.
—¿Cuánto es?
La sirvienta aproximose más aún a él. Tal como estaba ahora, la patrona
únicamente la veía de espaldas; no veía el accionar de sus manos
nerviosas, ilógicas.
—¿Cuánto es?
—Nada... nada...
—¿Eh?
—Sí; no es nada..., no cuesta nada... Como no te gustó... Sonreía la
muchacha mansamente, miserablemente; lo mismo que, a veces, suelen
mirar los perros.
Repitió, musitando:
—Nada...
Suplicaba casi al hablar. El hombre rezongó, satisfecho:
—¿Ah? Bueno...
Y salió.
Fue al mostrador la muchacha. Preguntó la patrona
- Adalberto Ortiz
LOS CAYAPAS Y EL GRAN BRUJO TRIPA DULCE
El crepúsculo va estrechando, estrechando. La noche oprime, y lo hace santiguar. Entre las ondas caracolearon
redondos cinco pejescagua sin sangre. Recio nadar de los peces pangulangos. Roncaban los meros encuevados,
y el pescador desplegó la atarraya como un toldo de corona. Entre la sombra de los mangles, chapoteó un caimán
durante el aguaje grande, y brillando, agitándose, salieron los peces, sorprendidos trozos de luna blanca. La india
no quiso juyungo porque los muertos vuelven con hambre. Y juyungo es el malo, juyungo es el mono, juyungo
es el diablo, juyungo es el negro. Pero no eran melones sino talambos venenosos los que caían de vez en cuando
sobre las charcas tibias, plisando su superficie y turbando el reposo de los renacuajos y las cucarachas de agua.
Y el montuvio congo, adelante, con el poder de su macumba. Oía añejas historias de indios guánanos, ases de la
brujería en toda la costa del Pacífico, según el aguardentoso opinar de don Cástulo Canchingre. Guánanos de
Saija, magos portentosos que solucionan casos desesperados, capaces de poner un chimbo en la barriga a
muchas leguas de distancia, y sacar con la mano, de cualquier cabeza enferma, reptiles y cientopiés. Y de todos
los cuentos de guánanos, el que más gustaba a Ascensión, era ése que el patrón juraba y rejuraba haberlo vivido
allá en el litoral colombiano: —... Venía yo, camina y andar, camina y andar, cuando llegué a un río fangoso que
no corría para abajo, sino para arriba. Al otro lado no se veía más que sabana y sabana. Cuando en eso, suás,
que surgen de ese suelo pelado, un montón de casitas y árboles cargados de frutas. «Esta es la tierra de los
poderosos guánanos», me dice una voz misteriosa que estaba en el aire. Yo no tuve miedo, pues hasta la
presente no he conocido esa enfermedad. Antes, por el contrario, me calenté de ver que nadie venía a recibirme
y grité: ¡heeeeey! ¡Canoa! ¡Manden canoa! Al punto, como cosa de hadas, suás, surge de sopeton, al piecito
mío, un enorme lagarto de cuatro brazas, y abriendo Página 19 las tapas adornadas con tres carreras de dientes,
me habla: «Aquí no hay más canoa que ésta». Yo me tiré para atrás por siaca —dijo la iguana—, pero el maldito
se me vino encima y ordenó tronando: «Si no embarcas, te como». No tuve más remedio que montar en su
concha que me hincaba el trasero, y pasar a la otra orilla. Pero allá otra vez, suás, el caimán torna a su figura de
gente, que había sido un indiecito viejo y mal encarado... Amalgama de fantasías populares, hechos de sangre y
de aventuras, que ponía en juego don Cástulo a pesar de su amargura causada por su ligera deformidad, llenando
el alma pequeña de Lastre con anhelos de ver, si todo aquello era cierto; nuevas tierras, nuevos hombres, y
nuevas cosas, tanto que perdió u olvidó el temor a los tiburones. Admiraba el valor de los protagonistas y dudaba
un poco de las truculencias mágicas. Pero toda andanza se acaba. Aquella tarde de nubes bajas, la sombra
adelantada se prolongaba por todas las trochas ahitas de salinidades. La canoa venía sin rumor, aliviada de
contrabando, casi vacía. Canchingre dormitaba su juma; Lastre aprovechaba el impulso de la vaciante rizada de
escarceos. Se pasó la lengua por los labios salobres de viento. Un humo de estopa, para ahuyentar la plaga, salía
desde el fogoncito del fondo de la embarcación, y los jejenes necios y curtidos se dispersaban. Dejaba volar sus
imaginadas aventuras. Ser capitán de bandidos generosos, brujeador más sabio que un guánano, forzudo como
el mismo Juan Oso, y más astuto que tío conejo, el humorista y triunfante burlador del estúpido y feroz tío tigre.
Entraron en una vuelta umbrosa, donde los mangles zancudos que maman agua y cieno mariscoso, se abrazaban
por sus ramas, formando una gran bóveda cargada de silencios. Cuatro hombres en un bongo salieron de un
disimulado canal y, rompiendo agua, se acercaron con las armas listas y los rostros a medio vendar. Esto fue lo
que hizo sospechar al chico. —¡Don Cástulo! ¡Don Cástulo! Despierte, hombre. El nombrado se incorporó
malhumorado, frotándose el bigote humedecido, con el dorso. —A ver, ¿qué pasa? —Vea ésos que se nos vienen
encima —al mismo tiempo que hizo una maniobra. Bogando con fuerza trató de alejarse en curva abierta. —
¡Los pelacaras! ¡Son los pelacaras! ¡Maldita sea! —renegó Canchingre y echó mano a su pistola. Disparos
simultáneos salieron de ambos lados, y el eco se perdió rebotando en el verde túnel. Dos cuerpos cayeron
chapoteando y se hundieron para no surgir más. Uno de ellos era el contrabandista. Ascensión buscaba algo con
qué defenderse, pero no hallaba nada a la vista. «¿Dónde estará el machete?», se decía. Sin otro remedio
blandió, contra el hombre más cercano, su canalete, y descargándolo, falló en el borde del bongo contrario,
donde se hizo pedazos. Uno de los salteadores alzó su Página 20 escopeta de doble cañón y le apuntó; pero otro
que parecía el jefe ordenó con autoritario tono: —No mates al negrito. Déjalo para cría. —¿Y si nos descubre?
—No nos conoce. Déjalo. Hubo un murmullo de opiniones contradictorias. Como en tiempos de piratas, iniciaron
- Ángel Felicísimo Rojas
Nació en 1909, y falleció en 2003
Tiene nacionalidad ecuatoriana (Loja)
El Exodo
El éxodo de Yangana , una de las novelas de apertura a la modernidad para la literatura ecuatoriana, es considerada dentro de esta literatura como la obra que cierra el ciclo de escritura de los miembros de la Generación del 30. Sin embargo, en sí misma, es una obra que ofrece novedosos aportes al manejo de la ficción en las letras ecuatorianas de la primera mitad del siglo XX; aportes que anticipan la labor literaria de la llamada «Generación del Boom». No obstante, su importancia histórica, generacional y narrativa, esta novela es un texto desconocido para la crítica y los estudiosos de las letras ecuatorianas e hispanoamericanas. Escrita entre 1938 y 1940, pero publicada en 1949, señala en sus páginas tanto la intensa labor intelectual de su autor y el compromiso político que poseía, como su denodado esfuerzo para ubicar la narrativa de ficción de su tierra dentro del marco de las letras internacionales.
Ángel F. Rojas nació en 1910, pasó los primeros seis años de su vida en El Plateado, cerca a Loja, su región natal y de la cual su madre era maestra rural. Desde esos momentos aprendió a entender y a distinguir las causas de las pugnas sociales que se daban entre las razas y clases que conformaban su patria. Como hijo de pedagoga, creció en una época de grandes cambios sociales y culturales que marcaron su forma de ver el mundo.
Llevado a Loja a realizar sus estudios primarios y secundarios, conoció durante esa época a aquéllos que años después servirían de referentes para su relato: «Un idilio bobo» (1849) y «Banca» (1940), su primera novela, escrita entre 1931 y 1932. Asimismo, debido a las desigualdades económicas que veía tanto en su medio escolar como a sus alrededores, aprendió a comprender algunos de los problemas sociales. Rojas describe esta situación con sus propias palabras:
[Pjresentía que había algo que marchaba mal en la sociedad y una extremada diferencia entre ricos y pobres; (...). Yo pertenecía a una clase depauperada, la lucha de mi madre por sostenerme y el comprender que esa lucha llevaba las de perder porque era muy desigual, me obligó a que desde muy poca edad comenzara a buscar cómo ganarme la vida (...). Por eso es que la injusticia social la comprendí desde un punto de vista negativo. La injusticia social me impresionaba (...) De modo que cuando tenía quince años comencé a leer literatura de noción socialista y a los dieciséis años ya busqué afiliarme al Partido Socialista» (Rojas en Calderón Chico, 13).
Durante este tiempo, se convirtió en un ávido lector, ya no sólo de obras literarias sino de escritos socialistas y comunistas. Su generación creció pensando que: «la Revolución Rusa iba a desbordarse por el mundo entero, creando una situación de maravilla que iba a desaparecer la injusticia continental» (Rojas en Calderón Chico, 13). Asimismo comenzó a escribir en la revista: Renacimiento ; posteriormente se convirtió en editor de la Revista Universitaria, y, más adelante, de Bloque (véase Calderón Chico, 17-18).
Empezó su vida universitaria en Guayaquil, pero regresó a Loja apenas pasado un año, donde estudió y se recibió de abogado. Retornó a Guayaquil en 1935, ciudad donde ejerció su profesión en el bufete de José de la Cuadra; al mismo tiempo que entró en contacto con los socialistas del Guayas. «Entre sus 28 y 30 años de edad, escribió su novela El éxodo de Y angana» (Aguirre, 13), que sería publicada en Buenos Aires 9 años más tarde, en 1949.
Diez años después de haber entrado a las filas del Partido Socialista, Rojas «por motivos de orden personal, tomó la decisión de desafiliarse de dicho partido; pero como él mismo lo declaró, esa separación no significó ruptura con la concepción ideológica socialista» (González Arciniega, 231).
En los tormentosos y aciagos años 41 y 42, Rojas, como secretario general del Partido Socialista en Guayaquil trató de que el Presidente Arroyo del Río se reconciliase con la oposición para formar un frente común que rechazase la agresión armada peruana. Aquello le valió prisión en el Panóptico. Estuvo en prisión desde fines del 41 hasta febrero del 42, y en esos meses escribió su tercera novela: Curipamba. (...). Hasta agosto de 1946, Rojas vivió en Quito y desempeñó la cátedra de cuestiones económicas ecuatorianas en la Universidad Central. Ese mismo año volvió a Guayaquil, para alternar la cátedra de Economía Política en la Universidad estatal con su actividad de abogado, hasta el año de 1961 en que, dejada la cátedra, dedicaría su tiempo casi exclusivamente a la actividad profesional. (Rodríguez Castelo 2004, 751).
En 1948, se publicó La novela Ecuatoriana , libro que surgió de artículos de crítica que Rojas había escrito anteriormente. Luego, como había recibido
- Joaquín Galllegos Lara
Nació en 1909, y falleció en 1947
Tiene nacionalidad ecuatoriana (Guayaquil)
¡ERA LA MAMÁ!
No supo cuántas cuadras había corrido. A pie. Metiéndose en los brusqueros. Dejando tiras de
carne en los grises y mortales zapanes de las alambradas.
—¡Pára, negro maldecido!
—Dale vos la vuerta por áhi.
—Ha sido ni venao er moreno.
Jadeaba y sudaba frío. Oía tras él los pasos. Y el casco bronco del caballo del capitán retumbaba
en el muelle piso del potrero.
—Aquí sí que...
El viento se llevaba las palabras. Al final del potrero había una mancha de arbolillos. Podría
esconderse. ¡Aunque eran tan ralas las chilcas y tan sin hojas los guarumos!
—Ris... Ris...
En las orejas se le reían los balazos. Y el golpe de la detonación de los “mánglicher” le llegaba al
pecho: porque eran rurales.
Más allá de los árboles sonaba el río. Gritaban unos patillos.
—Er que juye vive...
¿Se estaban burlando de él?
—En los alambres me cogen...
El puyón del viento le zumbaba en las orejas.
—Masque deje medio pellejo yo paso...
Metió la cabeza entre los hilos de púas. Una le rasgó la oreja. Las separó cortándose los dedos.
Le chorreaba tibia la sangre por las patillas, por las sienes. Se le escapó el hilo de arriba cerrando
la cerca sobre él. De un tirón pasó el torso dibujándose una atarraya de arañazos en las espaldas
negras.
—Deje er caballo pa pasar —advertían atrás al montado. Una patada en las nalgas lo acabó de
hacer pasar la cerca. Se fue de cara en la hierba.
—¡Ah! Hijo de una perra...
Esta vez la bota del rural le sonó como un campanillazo al patearlo en la oreja. En la ya rasgada.
Se irguió de rodillas. La culata del rifle le dio de lleno en el pecho. Las patadas lo tundían.
—Aja, yastás arreglao...
Pero era un mogote el negro. Rugía como toro empialado. Y se agarró a las piernas del otro
fracasándolo de espaldas. Quiso alzarse y patear también. Veía turbio.
Se culebreó sobre el caído. Forcejeaban sordamente.
Lo tenía. Le había metido los dedos en la boca. El otro quería morder. El negro le hundía las
manos abriéndole la boca sin sentir el dolor de los dientes. Y súbito tiró. Las mejillas del rural le
dieron un escalofrío al rasgarse. Chillaron como el ruán que rasgan las mujeres cosiendo. Al
retirar las manos sangrientas oyó que la voz se le iba.
No tenía boca. Raigones negruzcos de muelas y de dientes reían. Se llevaba las manos a la cara
recogiendo las piltrafas desgajadas.
—¡Ah! Hijo de una perra...
De todos lados las culatas y las botas le llovían golpes. Giró el negro los ojos blanqueantes. Agitó
la bemba. Quería hablar. Los miró a todos en torno allí de rodillas. Recordó que todo había sido
por el capitán borracho y belicoso. Se cubrió la cara con el brazo y cayó otra vez.
—¡Ah! ¡Mardecido!
—Lo ha fregao a Rangel...
—Démosle duro.
—¡Negro mardito!
Bailaban sobre el cadáver.
—Hei, señora.
Del interior de la casa respondían. Se oían pasos.
—A ver... ¿Qué jue?
—Una posadita...
—¿Son rurales?
—Sí. ¿Y qué?
—Bueno, dentren nomás.
Brilló un candil sobre la cabeza de la vieja negra. El grupo kaki claro al pie de la casucha semejaba
una hoja de maíz entreabierta. Hablaban entre ellos:
—Déjenlo áhi guardao adebajo er piso.
—Era de habeslo enterrao allá mesmo todoi... Onde cayó.
—Mañana lo enterramo Anden. Cuidao se asusta la vieja.
Subieron ruidosamente. El cuerpo del negro muerto a patadas hizo una pirueta y cayó montado
en el filo de los guacayes horizontales del chiquero. Bajo el piso.
Apoyaban los rifles cañón arriba en las paredes. El capitán se sentó en la hamaca. Ya se le había
pasado la borrachera que lo hizo disputar con el negro. Los otros se acomodaban en bateas boca
abajo. En el baúl. Donde pudieron.
—¿Han comido?
—Ya, señora.
—Pero argo caliente. ¿Un matecito e café puro con verde asao?
—Si usté es tan güeña...
—Petitaa... ¿Ta apagao er fogón?
Del cuarto interior salió la muchacha.
—No tuavía, mama.
—Entonces vamo a’sar unos verdes y un poquito e café puro pa los señores...
La muchacha había hecho encenderse los pai-pais de los ojos del capitán.
—Oye Pata e venao, trai la damajuanita e mayorca. Pa ponesle un poquito en er café puro e la
señora y de usté también, niña... niña Petita ¿no? No pensaba habesme encontrao po aquí con
una flor de güenas tarde como ella...
Petita reía elevando el traje rosado con la loma de su pecho duro, al respirar. E iba y venía con
un ritmo en las caderas que enloquecía al rural.
Después del café puro hubieran conversado un rato con gusto. La vieja negra cortó:
—La conversa ta mui güena... pero ustedes dispensarán que nos vayamos pa adentro a
acostarno yo y mi hija... Tenemo que madrugás... Porque tarbés amanezca aquí mijo que llega e
Manabí mañana... Ahi les dejo er candil.
La puerta de ocre oscuro, de viejas guadúas latilladas, se cerró. Sus bisagras de veta de novillo
chirriaron. Los rurales la miraban con ojos malos. El capitán los detuvo con el planazo de su
mirada:
—Naiden se meta... La fruta es pa mí. Y pa mí solo ta que se cai de la mata...
Ella le había guiñado el ojo. Apagó el candil. Por la caña rala de las paredes salían ovillos de
amarillenta claridad. Pegó la frente febril a las rendijas frías.
—Se está esvistiendo...
Miraba, tendida atrás la mano deteniendo a los otros. Cruzó en camisón la vieja hasta la ventana
con un mate en la mano. A verterlo afuera. Y ágil metió por la puerta entornada la cabeza el
hombre. Una seña violenta y breve: vendré. Espérame. La Petita apretó púdica el camisón,
medio descubierto, contra el seno. Sonrió: sí.
La vieja sin darse cuenta de nada se metió bajo el toldo colorado de la talanquera del frente.
Apagando su candil.
Una hora más tarde crujía la puerta.
Y crujía la talanquera de Petita.
La vieja roncaba. Los rurales soñaban en la cuadrita con la suerte de su jefe.
- Demetrio Aguilera Malta
Nació en 1909, y falleció en 1981
Tiene nacionalidad ecuatoriana (Guayaquil)
-Tei amao como naide ¿sabes vos? Por ti mci hecho marinero y hei viajao por
otras tierras... Por ti hei estao a punto a ser criminal y hasta hei abandonao a
mi pobre vieja: por ti que me habís cngañao y te habís burlao e mi... Pero mei
vengao: todo lo que te pasó ya lo sabía yo dende antes. ¡Por eso te dejé ir con
ese borracho que hoi te alimenta con golpes a vos y a tus hijos!
La playa se cubría de espuma. Allí el mar azotaba con furor, y las olas enormes
caían, como peces multicolores sobre las piedras. Andrea lo escuchaba en
silencio.
-Si hubiera sío otro... ¡Ah!... Lo hubiera desafiao ar machete a Andrés y lo
hubiera matao... Pero no. Er no tenía la curpa. La única curpable eras vos que
me habías engañao. Y tú eras la única que debía sufrir así como hei sufrió yo...
Una ola como raya inmensa y transparente cayó a sus pies interrumpiéndole.
El mar lanzaba gritos ensordesedores. Para oír a Melquíades ella había tenido
que acercársele mucho. Por otra parte el frío...
-¿Te acordás de cómo pasó? Yo, lo mesmo que si juera ayer. Tábamos chicos;
nos habíamos criao juntitos. Tenía que ser lo que jué. ¿Te acordás? Nos
palabriamos, nos íbamos a casar... De repente me llaman pa trabaja en la
barsa e don Guayamabe. Y yo, que quería plata, mejuí. Tú hasta lloraste creo.
Pasó un mes. Yo andaba po er Guayas, con una madera, contento e regresar
pronto... Y entonces me lo dijo er Badulaque: vos te habías largao con Andrés.
No se sabía nada e ti. ¿Te acordás?
El frío era más fuerte. La tarde más oscura. El mar empezaba a calmarse. Las
olas llegaban a desmayar suavemente en la orilla. A lo lejos asomaba una vela
de balandra.
-Sentí pena y coraje. Hubiera querido matarlo a ér. Pero después vi que lo
mejor era vengarme: yo conocía a Andrés. Sabía que con ér sólo te esperaban
er palo y la miseria. Así que er sería mejor quien me vengaría... ¿Después? Hei
trabajao mucho, muchísimo. Nuei querido saber más de vos. Hei visitao
muchas ciudades; hei conocido muchas mujeres. Sólo hace un mes me ije:
¡anda a ver tu obra!
El sol se ocultaba tras los manglares verdinegros. Sus rayos fantásticos
danzaban sobre el cuerpo de la chola dándole colores raros. Las piedras
parecían coger vida. El mar se dijera una llanura de flores polícromas.
-Tei hallao cambiada ¿sabes vos? Estás fea; estás flaca, andas sucia. Ya no
vales pa nada. Solo tienes que sufrir viendo como te hubiera ido conmigo y
como estás ahora ¿sabes vos? Y andavete que ya tu marido ha destar
esperando la merienda, andavete que sino tendrás hoi una paliza...
La vela de la balandra crecía. Unos alcatraces cruzaban lentamente por el
cielo. El mar estaba tranquilo y callado y una sonrisa extraña plegaba los labios
del cholo que se vengó.
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